¡Ayer me entró antojo de mar!
Me dije: vamos a ver reina, tiene que haber alguna playa en Nueva York donde la gente se meta al agua sin salir mutante, et voilà: me planté en Coney Island, la opción más fácil y neoyorquina.
Desde donde estoy alojada, una horita en metro —línea directa, sin misterios— y con sorpresa incluida: el tren pasa por encima de un cementerio. No es broma. El cementerio de Washington, partido por la mitad con sus lápidas a ambos lados como si estuvieras en una peli de Tim Burton. Maravilloso y un pelín inquietante.
Justo encima de la playa está el mítico Luna Park. Parque de atracciones que da vértigo con solo mirarlo. Hay montañas rusas que hacen loopings imposibles, y atracciones en las que yo, sinceramente, ni por un millón y medio de dólares.
La playa es un espectáculo: delante del parque está a rebosar, como si todo Brooklyn hubiese decidido ponerse moreno el mismo día. Pero si caminas un poco hacia los lados, se abre y se respira. Eso sí, el mar… es de ese gris neoyorquino que no invita mucho al chapuzón estético. Pero oye, refrescar, refresca.
Después volví a casa y por la noche quedé con mi hijo querido. Plan tranqui pero bonito y por supuesto con té: cóctel con té : Té blanco (Pai mu tan), ginebra, romero, lima y rooftop con vistas al Puente de Brooklyn. Muy peliculita indie. Ideal para hacerse la interesante con una copa en la mano y decir cosas como “la ciudad nunca duerme”, aunque tú estés bostezando.
Y hasta aquí la crónica del día, abrazo fuerte desde el lado oscuro del Atlántico.








